Hola a todos! Menos de medio mes después de mi último post, cómo ha cambiado todo: tres días pasaron desde que te conté cómo me quedó aquella opéra y volvió al trabajo Natuca, y yo me quedé al cargo de nuestros cachorros (en exclusiva) hasta las 4 de la tarde. Llevaba parado desde principios de agosto, compartiendo con mi chica su excedencia; la verdad es que ahora me tocan las mieles de la crianza: comen muy bien y tienen unos horarios de sueño muy establecidos que me permiten poner algo de orden en la casa, hacer el cotidiano yantar y algún experimento extra. Les veo intentar sus primeros pasos solitos, reir entre ellos, inventar palabras, fingir lecturas o llamadas de teléfono…
Por las tardes viene Lola, mi querida suegra, y ayuda a Natuca a dar la merienda a los leones. Esta impagable compañía me libera un rato para poder pintar al óleo, dos años después del último cuadro (ahora ya lo puedo decir: llevo casi un mes sin fumar y he gastado el presupuesto destinado a convertirse en humo los próximos meses en tubos de buen óleo, pinceles y lienzos, asesorado por mi buen amigo Víctor Luengo, excelente pintor). Por las noches, aprendo: releo La Ilíada, releo el espeso e interesantísimo regalo de Víctor (Materiales y técnicas del arte, de Ralph Mayer), releo un buen recetario de Juan Mari Arzac… Aprendo cosas como que una canica sumergida en leche hirviendo (al hacer arroz con leche, dulce de leche, etc) evita la leche se pegue al fondo; o que en tiempos en los que el uso de termómetros no era popular, los maestros barniceros añadían una rebanada de pan o un puñado de plumas en los recipientes donde hervían los barnices para comprobar la temperatura. Y no paro de asombrarme del ingenio de los hombres…