Hola a todos y todas! Este fin de semana hemos podido disfrutar de la compañía de unos grandes amigos que nos visitaron desde Londres. Es de agradecer, porque cuando uno vive fuera de su país tiene las visitas muy restringidas: se visita a la familia, mayoritariamente, y los amigos quedan en un razonable segundo lugar (casi siempre se intenta coincidir con ellos y con la familia al mismo tiempo, en el mismo lugar). Traían con ellos a la pequeña Alma (a la que le dediqué en su día un arroz con leche perfumado de mandarina y vainilla), y nos apetecía mucho conocerla ya que estas navidades pasadas no pudimos ir a conocerla cuando vinieron a Zaragoza. También me trajeron un pequeño alijo de artículos culinarios difíciles de conseguir aquí (como la hierba limón de la que hablaré en el próximo post).
Tuvimos ocasión de compartir una mariscada en el barrio pesquero de Santander, incluso de hacer alguna comida buena en casa, pero la receta de hoy es más sencilla que todo eso: pan blanco, una receta que últimamente me preguntan muchos amigos (un beso grande para mi tata Natalia y un abrazo para mi cuñado Moisés, que acaba de cumplir años, y para Angel, “el chispas”). El pan blanco es una receta simple con la que sorprender a los invitados, que admite muchas variantes personales, como toques aromáticos (alcaravéa, hinojo, anís, albahaca, orégano, aceites de frutos secos…), o de textura, sabor y color (sal gema, sésamo, semillas de amapola, glaseado de huevo…). Con ella, además, se pueden elaborar riquísimas pizzas. Hacer tu propio pan te dará la satisfacción de crear algo único, personal y, sin duda, te hará quedar como el mejor de los anfitriones. El pan casero, calentito, no sólo pretende calentar las manos, sino los corazones (grandes besos para Salvador, Gisela y Alma!).
PAN BLANCO (con alcaravéa y semillas de amapola)